Pasiones discursivas. Desafíos de la reflexión sociológica
Abenduaren 14an, Martitzenetan Berbetan zikloan, Marta Rodriguez Fouz
ikertzaile eibartarrak Pasiones discursivas. Desafíos de la reflexión sociológica liburua aurkeztu zuen.
Ignacio Sánchez de la Yncera Nafarroako Unibertsitate Publikoaren Dekanoak egin zuen aurkezpena.
Ekitaldia Eibarko Portalea kultura etxeko areto nagusian izan zen, abenduaren 14an, arratsaldeko 19.30etan.
Hona hemen egileak aurkezpen egunean irakurri zuen testua.
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Pasiones discursivas. Desafíos de la reflexión sociológica
Llevo unos días dándole vueltas a esta presentación. En Eibar, con mi gente. Muchas caras conocidas. Mi familia que nunca me había visto en estas lides. Mi madre. Que a buen seguro aún estará más nerviosa que yo. Mis hermanas (Coral, Ana). Mi hermano, Enrique. Esther. Sus padres. Juancar... Y a presentar un libro que, según me dicen casi todos los que lo han ojeado, no hay quién lo entienda. Menuda papeleta, ¿no?
Trataré de solventarla lo mejor que pueda y con una idea entre ceja y ceja. Que todos los que estamos aquí, incluida yo, por supuesto, pasemos un rato agradable y reflexionemos un poquito sobre algunas de las cuestiones que aparecen en estas Pasiones discursivas. Y ¿quién sabe?, de paso, igual, quizá, a lo mejor, seducir a alguien para que se decida a leer estas páginas impresas.
Pero, claro... ¿Qué decir? ¿Qué entresacar de un texto de 280 páginas para conseguir mantener la atención y que esto no resulte una invitación a que cada cual lance su imaginación muy lejos de aquí y de mis palabras? ¿Cómo contar con suficiente sugestividad algunas de las cuestiones que han supuesto en los últimos años un desafío para mi mirada de ?socióloga??
Tremendo dilema.
¿Un resumen? ¿Unas líneas que sinteticen de qué va cada uno de los artículos recogidos en el volumen?
Tranquilos. Que no cunda el desánimo. Nada más lejos de mi intención que abrumar aquí a la audiencia con una explicación detallada del índice. Tanto menos cuando, a raíz de los numerosos avisos acerca de la exigencia de estos escritos, he llegado a pensar si no habré equivocado la composición del libro. Me refiero al orden en que están colocados los diversos artículos.
Una está acostumbrada a asaltar los libros siguiendo el hilo de la curiosidad. Más todavía en un compendio de ensayos. El tercero, el cuarto, el sexto, el último... esos creo que me interesan. Y luego... a ver ¿cuáles me faltan? ¿quiero leerlos? ¿me da igual lo que diga el autor sobre esos otros asuntos? En fin, esas preguntas que convierten el índice en un remedo de la Guía Campsa. Ésta ruta sí. Ésta otra no. Ésta en otra ocasión, cuando me apetezca, o cuando pueda.
En resumidas cuentas, que, para este tipo de lecturas, la costumbre lógica de empezar por la primera hoja y acabar en la última, no tiene mucho sentido. Y sin embargo, he recibido desde diversos frentes (todos amistosos) varias indicaciones de impotencia (?esto no hay quién lo entienda?) que me hacen pensar que se han acercado al libro con esa práctica habitual de ir franqueando páginas según la secuencia predispuesta en su índice.
Y claro, yo ya sé que los primeros artículos, los más académicos, esos que indagan en el pensamiento sociológico de Mannheim o en la apesadumbrada versión de la historia que marca el ánimo religioso de Kierkegaard, pueden atragantársele a cualquiera que no tenga un especial interés por la sociología o por la angustia existencial del filósofo danés (más reconocido en estos lares, lo sé bien, por la retahíla cómica de Faemino y Cansado que por sus dilemas morales y vitales, por su cristianismo exacerbado o por su huraño sentido de la fe).
Y, con esos dos primeros artículos, ocupamos hasta la página 86. Una barrera ciertamente infranqueable si no se dispone de tiempo, de paciencia y de cierta curiosidad entrenada acerca de esas cuestiones tan específicas.
Por eso decía hace un momento que he llegado a pensar que si hubiese puesto esos artículos al final del libro y los del final al principio, el porcentaje de potenciales lectores que no salen derrotados podría ser un poquito mayor.
Claro que, también es verdad que la composición no es gratuita y obedece a un andamiaje interno que, en principio, resulta más coherente que la atención al estímulo para que no resulte absolutamente improbable contar con un puñado de lectores que no desistan.
Vamos, que primero hablo de ?inquietudes intelectuales?, después de ?propósitos políticos? y finalmente de ?semánticas del recuerdo?. Y los tres pivotes marcan una línea que aglutina parte de las inquietudes que me han ocupado durante los últimos años. La secuencia ordena los textos siguiendo, digamos, una triple dimensión de la forma de estar, vivir y contar el mundo.
¿Desde dónde miramos?
¿Qué perseguimos?
¿Qué hacemos y hemos hecho?
Las pistas que, en mi caso, he recorrido escuchando, entre otros, a Mannheim, a Kierkegaard, o a Habermas dibujan ese camino que bien podría ser otro y que, ahora lo veo, más de un año después de la publicación de estas Pasiones, para los demás se abre como un terreno abrupto, lleno de aristas y recovecos y rodeado de precipicios que persuaden contra el paseo.
Por eso, se me ocurre que sería muy mala idea organizar esta presentación explicando por orden y con algún detalle de qué va cada uno de los textos. Empezando por esos límites del conocimiento sociológico (por donde desfilan las ideas de Mannheim acerca de la ideología, de la utopía y del saber interpenetrado con el contexto histórico) y siguiendo por eso que he titulado ?la historia intempestiva? (donde la idea de la eternidad y del salto mortal por encima de la historia perfilan la experiencia apabullante de una sensibilidad tan particular y extraña como atormentada, la del susodicho Kierkegaard).
En fin, que siguiendo esa vereda correría el peligro de que esta reunión se convirtiera en un encuentro absurdo donde yo hablo y hablo sobre temas ajenos a aquellos que, en principio, podrían interesaros.
Obviamente, cada uno tenemos nuestras inquietudes. Aquello que nos llama más la atención o que reclama nuestras energías con mayor ímpetu y reiteración a lo largo de nuestra vida. Y no voy a tratar yo de enlazar con esas sensibilidades particulares. Pero, por encima o junto con esas inquietudes específicas e inintercambiables, aparece el omnipresente contexto.
Esa realidad cotidiana que presta la impresión de coherencia a nuestro entorno, que impregna nuestras referencias inmediatas, que fecunda nuestros únicos y compartidos puntos de vista y que, querámoslo o no, nos distingue y nos marca. Y ¿de qué manera, no?
Ahí es donde la pista de los últimos textos de este libro gana su baza y se me presenta como la fórmula más eficaz para que la mayoría de los que estamos aquí reunidos reflexionemos sobre temas que sí nos interesan. O si no nos interesan, que nos afectan y que, muchas veces, nos superan dejándonos en la perplejidad del lamento que sólo alcanza a poder decir, ?qué barbaridad. Yo quiero vivir en paz?.
Acabo de mencionar la omnipresencia del contexto. Y en nuestro caso, esto es, aquí, en Euskadi, todos sabemos bien lo que eso significa. ¿Qué contexto? El político, obviamente.
La presencia durante tres décadas del terrorismo de ETA singulariza dramáticamente nuestro mundo y lleva años escribiendo nuestra historia (de la que nosotros somos protagonistas anónimos, no lo olvidemos) con la sangre de cientos de víctimas y con el silencio, la complicidad, el coraje, la lucha, y también el miedo de miles y miles de vascos.
¿Cómo mirar siempre hacia otro lado y simular que no ocurre nada especial? Pudiera intentarse, pero, desde luego, si se tiene una mínima inquietud para tratar de entender el propio escenario, no resulta nada fácil eso de ausentarse.
Lo cierto es que yo por mi parte procuro no dejarme avasallar por la tiranía del ?conflicto vasco?. Quiero pensar sobre otras muchas realidades y aparcar durante épocas más bien largas, la perenne cuestión del terrorismo abertzale. Sin embargo es inevitable (y creo que necesario) acudir de cuando en cuando a esa desoladora circunstancia que singulariza nuestro contexto. Y que, por ejemplo, hoy por hoy, tiene a numerosos ciudadanos compartiendo su rutina con la sombra de unos escoltas que les protegen del cumplimiento de una amenaza (ya que no de la amenaza) contra su vida.
El caso es que incluso con mi inclinación a apartar la mirada y transitar otros escenarios menos tediosos que ese de ?la cuestión nacional?, me encuentro con que durante estos años he terminado recurriendo a esta temática. Entre trabajo y trabajo, las reflexiones sobre nuestro entorno, marcadas especialmente por la presencia de la violencia, han acaparado mi atención de un modo recurrente y casi continuo.
No es casualidad, por ejemplo, que haya desembarcado con especial atención en la teoría social de Jürgen Habermas (el libro recoge dos artículos dedicados a su pensamiento y mi tesis doctoral se ocupa principalmente de analizar su propuesta política y teórica, en contraste, qué casualidad, con el uso simbólico que el nacionalismo hace del bombardeo a Gernika y del mural de Picasso al que da título). Nada, que no hay manera de escaquearse del contexto.
De un modo muy sintético, puede decirse que Habermas convierte el diálogo y la orientación al entendimiento de las acciones humanas en la piedra angular de la racionalidad social. Y claro, enfrentada desde pequeña a un contexto donde la propia palabra ?diálogo? está impregnada y cargada de sentidos políticos inconciliables, resulta natural que me despertara interés una teoría que postula el valor del diálogo y de la comunicación.
¿Qué ocurre, tenemos que preguntarnos, cuando ese diálogo irrumpe en un escenario político donde la violencia se alza en protagonista?
Y ocurre lo que llevamos sufriendo con especial intensidad estos últimos años (especialmente desde los meses posteriores al asesinato de Miguel Ángel Blanco). Que la política se pervierte y la democracia se tambalea.
La dificultad para apartar de la escena política el elemento de la violencia mina las bases del posible entendimiento político acerca de cuestiones tan básicas para la democracia como la del derecho a discrepar ideológicamente.
Llevamos viéndolo mucho tiempo. Y el enfrentamiento del anterior gobierno español con un gobierno vasco al que negaba audiencia (pese a la legitimidad democrática de sus cargos) sólo es un ejemplo (especialmente ilustrativo) de que el derecho básico a la pluralidad puede ponerse en peligro con excesiva facilidad.
Se identifica nacionalismo vasco con apoyo a ETA y se combate a ETA combatiendo el nacionalismo vasco, por democrático que éste sea. ¿Qué ocurre entonces? Que la pluralidad política queda cortada de raíz.
Algo más escandaloso aún cuando la etiqueta de pro-etarra es una etiqueta ideológica que se reparte gratuitamente, primero a todo nacionalismo vasco y enseguida a quién ose cuestionar esa lectura monolítica, pendenciera y demagógica de la ?culpa? y la complicidad del nacionalismo en conjunto.
Esa acusación de complicidad en bloque contra el nacionalismo vasco aparece explicada con mayor detalle en otro de los textos incluidos en el libro: ?De la firmeza y del miedo?.
Ahí hago un comentario crítico al libro de Iñaki Ezkerra: Estado de excepción. Vivir con miedo en Euskadi. Y ahí también el contexto llama a la puerta con terquedad.
Estamos en vísperas de las últimas elecciones autonómicas. Un 13 de mayo que sonó como la ocasión más tangible de elegir un gobierno constitucionalista. Y las reflexiones de Ezkerra insisten en la necesidad de reducir a escombros al nacionalismo.
Se advierte la táctica de condenar sin remisión la ideología nacionalista. Pero no desde la posición de quien no comparte ese ideario, sino desde la de quien contempla a quienes sí lo comparten como responsables de la extensión del terror y de la presencia de la violencia del abertzalismo radical.
No hay matices. O eres constitucionalista, o eres cómplice activo del independentismo dispuesto al uso de la fuerza.
La apuesta, lo recordaremos, supongo, anegó el escenario pre-electoral y, aunque las expectativas de un gobierno alternativo se frustraron, pues el nacionalismo cerró filas y reeditó su triunfo, aún persisten los trazos de aquel maniqueísmo. Afortunadamente, el tono parece haberse rebajado.
(Entre paréntesis diré que, en mi opinión, la reciente derrota electoral del PP ha transformado también ese panorama de descalificación sistemática y mutua).
Los dos discursos (nacionalistas, constitucionalistas) inundaron el escenario y desolaron el paisaje, ya de por sí dramáticamente castigado por las actividades terroristas. Quizá pueda decirse que, al menos por lo que toca a nuestra particular demagogia política, hoy vivimos tiempos mejores. (Hablo obviamente del escenario vasco, porque como pasemos al panorama internacional...)
En cualquier caso, no queda tan lejos esa época del ?conmigo o contra mi?, ni la época de adornarse la pechera con la firmeza identificada como valentía moral, y en el fondo perversamente orientada por la negación sistemática de todo matiz. Y ahí es donde la democracia, como modelo de organización de la convivencia política, se juega su existencia práctica.
Y ya no es ETA la que la pone en peligro sino la inteligencia respetuosa de los gobernantes que, en este terreno, tendrían que apostar sin titubeos por la defensa de la pluralidad de opciones ideológicas y por la decisión de quitar toda relevancia política a la banda de asesinos impenitentes que constituyen la realidad de ETA.
El problema, obviamente, no es la discrepancia política que se lleva al terreno de la descalificación global de quienes reclaman su legítimo derecho a ser nacionalistas vascos. El problema es la tentación propagandista de obtener réditos electorales de la imagen que se asocia a la verdadera lucha contra el terrorismo etarra.
Lo hemos visto recientemente con la gestión de la información sobre los atentados del 11 de marzo en Madrid.
¿Por qué resultaba tan decisivo para el gobierno del Partido Popular señalar a ETA como la autora material de la masacre?
Entre otras razones porque una herida abierta y sangrante convierte con facilidad los matices en impertinencias.
El odio a lo vasco emerge con espontaneidad en los escenarios del horror provocado por ETA y en la medida en que ETA representa una ideología nacionalista vasca y el gobierno popular representó durante sus legislaturas la figura de la determinación antinacionalista, las urnas castigarían a ETA recompensando la integridad del Partido Popular.
Evidentemente, junto a ese uso fraudulento de la imagen de la lucha contra el terrorismo había un elemento todavía más decisivo. El propósito de ocultarlo también jugó sus bazas durante esas desafiantes y desconcertantes jornadas.
La autoría del terrorismo islámico señalaba otro frente que remitía a la guerra de Irak. Y el grito de ?No a la guerra? que desoyó el gobierno pese a que recorrió todas las plazas públicas del país, volvió como un eco inarticulado pero bien audible.
En resumidas cuentas, que no convenía en esas circunstancias que la atención recayera sobre el terrorismo internacional (y la participación bélica de España contra la voluntad masiva de su ciudadanía) y sí sobre el terrorismo interno.
Pero, bueno, como he dicho, no voy a extenderme en esta cuestión. De nuevo el contexto que me reclama contra mi voluntad. La comisión de investigación... Los ex ministros considerando al actual presidente el estratega más inteligente y miserable que haya poblado el mundo: "un atentado teledirigido para provocar la derrota electoral del PP"... En fin, multitud de mensajes que, antes que apasionar, aprisionan el ánimo y hacen que hierva la sangre (en sentido metafórico) más allá de lo recomendable para la salud personal y para la colectiva.
Si he caído en la tentación de hacer estas alusiones al intento de manipulación informativa del 11-M (eso sí que derrotó al Partido Popular, y no los atentados: esa evidencia palmaria de que eligieron mentir (o mantener las "certezas prematuras")...) es únicamente porque ilustran a la perfección la lógica implícita del rédito político de determinada lucha contra el terrorismo.
En cualquier caso no insistiré más en este lamentable episodio de nuestra historia más reciente. Se trata de presentar este libro y, obviamente, en él no tienen cabida estos temas tan candentes y actuales.
Sí tienen cabida, como digo, las cuestiones acerca de la gestión de los destinos públicos en una democracia golpeada por el terrorismo de ETA. He apuntado hace un momento la referencia al asesinato de Miguel Ángel Blanco y al giro que supuso en el estilo y en la esencia de la oposición a ETA. Un giro que aparece explícitamente retratado en el enardecimiento de la petición de una voz política para las víctimas.
Sobre esas cuestiones reflexiono en el artículo ?Los duelos de la memoria. De la política en tiempos de oscuridad?. (?Hombres en tiempos de oscuridad?, escribía Hannah Arendt hablando del Tercer Reich y adrede parafraseo esa imagen de los tiempos de oscuridad para hablar de una Euskadi enfrentada al problema de la violencia terrorista y confundida por las inconciliables versiones sobre la fórmula para acabar con ETA).
La primera versión de este artículo data de 1998. Seis años ya. Casi siete. Y sin embargo constato con bastante pesadumbre que las coordenadas de aquel entonces siguen definiendo nuestro horizonte político. Ahora, eso sí, con la confianza en que los constantes golpes policiales a la trama terrorista han minado definitivamente, si no la determinación de matar y amedrentar, sí la capacidad operativa para cumplir esa determinación.
Ahí hablo de duelos y alerto sobre el peligro de caer en el reclamo continuo de la gesticulación pública que reitere lo ya sabido: que la mayoría aplastante de los ciudadanos dice ?No a ETA?.
El punto de equilibrio entre la indiferencia insensible y la condescendencia cómplice no parece tan evidente como indica el sentido común. Al menos por lo que toca a la solicitud continua de manifestaciones masivas contra el terrorismo.
De nuevo, la acusación implícita de ser tibio en la condena (indiferencia) o de participar de sus objetivos (complicidad) si no se expresa públicamente y de manera reiterada convierte en protagonistas de la escena a quienes tendrían que estar desterrados de toda consideración política: esto es, a ETA y sus voceros ideológicos (léase, Batasuna).
?No contáis. No decidís. No influís. No tenéis otro poder que el de las armas que nos atemorizan, sí, pero no nos obligan ni a atenderos, ni a responderos, ni a corregir el mapa político de la democracia. Sois delincuentes y como tales seréis tratados?. Ésa es la fórmula que a mi me convence. Y esa fórmula no contempla la necesidad de dar prueba de la posición anti-ETA. Digamos que va de suyo. La sola aceptación del marco democrático tendría que apartarlos de la escena.
El rechazo multitudinario en las calles reconcilia con los vecinos. Aglutina en una voz expresada al unísono que puede reconfortar y acompañar (la manifestación que partió de Ermua aquel maldito sábado de julio de 1997 y atravesó las calles eibarresas con el dolor solidario y la rabia civilizada de miles de personas...) pero, como apunto en esos duelos del libro, no dice nada acerca de cómo articular una política capaz de atar las manos al terrorismo etarra. ¿Acercar a los presos? ¿Mantenerlos dispersos? ¿Quién sabe?
El peligro de traducir en un dictamen político ese rechazo masivo consiste, justamente, en interpretar ese lema tan simple y claro en una clave partidista. Algo que ocurrió con especial virulencia aquellos días y que alcanzó su punto más álgido durante la última tregua. ¿Quién se apropia de esa voz y la traduce?
A partir de ahí la voluntad pacífica del pueblo vasco se transforma en despojos por los que pelean como buitres los representantes de dos formas opuestas de entender la lucha contra ETA: la nacionalista, con el Pacto de Lizarra y la del Partido Popular, con la condena taxativa de todo nacionalismo.
En medio, la notable evidencia de una fisura social que se amplía según se atrincheran en sus propias filas unos y otros y de la que el recuerdo punzante de las manifestaciones en Vitoria que siguieron al asesinato de Fernando Buesa y de su escolta, Jorge Díez, es su expresión más delatora.
La vergüenza de aquellas manifestaciones donde afloró amargamente esa fisura provocada por el apropiamiento partidista de la voluntad colectiva contra el terrorismo aún tendría que colear en la memoria de nuestros episodios más indignos.
Sólo una luz entre tanta sombra. La constatación de que pese a todo, por más y más muertos que provoca ETA, el grito contra ETA no es nunca un grito de venganza. Los duelos de nuestra memoria, son duelos particulares y emotivos. La memoria que recuerda los muertos y se duele. No el duelo que arroja el guante, o que lo recoge, dispuesto a sacrificar alguna vida al albor de la madrugada.
La memoria del nacionalismo radical sí es, en cambio, más combativa y dada a los duelos sangrientos. Incluso, lo sabemos todos demasiado bien como testigos muy directos, inventan a sus héroes caídos para vengarlos en la lucha.
Al margen de esta memoria combativa, que resulta fácil apartar a un lado, está la otra memoria: la de las víctimas. Y ahí la cuestión sobre el rango político que le corresponde resulta mucho más peliaguda.
Yo por mi parte tengo muy claro el discurso de las víctimas tendría que circunscribirse al plano afectivo, alejándolo del plano político. El motivo es muy claro: ser agredidos por defender determinadas ideas no da la razón a dichas ideas. Su valor político en el escenario democrático no tiene que depender de que despierten el odio de los radicales.
De un modo singular pero muy evidente estaríamos convirtiendo a los etarras en el índice de aquello que merece el apoyo de nuestras energías democráticas. Y víctimas, no lo olvidemos, las ha habido y las hay de muy diversos signos políticos. ¿Perder también el derecho a la discrepancia política porque la saña terrorista nos conjunta? Una cosa es la solidaridad y la oposición sin matices a la violencia y otra la sentencia, que ha llegado a oírse, de que las víctimas (¿qué demonios de sujeto político es ése?) tienen que decidir los rumbos de las instituciones democráticas.
Si me lo permitís, os recomiendo un pequeño librito de Todorov. ?Los abusos de la memoria?. Da muy buenas pistas para pensar sobre esta cuestión, aunque, habla, eso sí, de la memoria del Holocausto.
Es muy inquietante comprobar cómo algo para mí tan obvio como la defensa de la pluralidad política dentro de una democracia se ve puesto en entredicho casi cada día a cuenta de convertir en protagonista de la agenda política la lucha contra ETA.
Como ya he dicho, en varios de los textos recogidos en este libro reflexiono sobre esta inquietud. Que es, además, una inquietud que me acompaña desde hace años, cuando empecé a notar por primera vez la tentación de los políticos y de buena parte de la ciudadanía de convertir su voz pública en un gesto reiterativo de rechazo al terrorismo (sin que importara el hecho de que ese rechazo forma parte de su misma condición de ciudadanos y demócratas).
Lamentablemente hemos tenido que asistir durante demasiado tiempo a los mismos despropósitos, las mismas desconfianzas y la misma mediocridad de unos gobernantes a quienes les encanta oírse decir lo comprometidos que están con la lucha antiterrorista. Mientras, en el envite, lo que se habría estado perdiendo (a ver si nos recuperamos) es la calidad de nuestra democracia. Y, por alcance, la de nuestra capacidad para hacernos entender en medio de tanta palabra presupuesta.
De hecho, ésa, la circunstancia de no escuchar el significado profundo de los discursos, es la que viene certificando buena parte de la precariedad de nuestro complicado escenario político.
Con cierta ingenuidad, es posible, pero con toda vehemencia, el propósito de mis trabajos en este libro (y de mi posición práctica como socióloga) es justamente entablar un diálogo crítico con los discursos de mi entorno. Entorno que, desgraciadamente, está marcado por esa dolorosa fractura que casi convierte en el único tema legítimo para el pensamiento comprometido la reflexión sobre el derecho o no a traducir en nación la idea (todo lo subjetiva que se quiera) de ser un pueblo singular.
Ahí tenemos el Plan Ibarretxe (al que no me refiero directamente pero al que prácticamente aludo cada vez que advierto en mis trabajos la terquedad del nacionalismo vasco y su radicalización frente al otro nacionalismo ?también teñido de fundamentalismo? que representó el gobierno español durante las últimas legislaturas).
Ambos frentes (extremados en sus expresiones y en sus actos) nos hablan de esa lamentable realidad que emponzoña nuestra democracia y nos deja desorientados aunque creamos firmemente en la dignidad de nuestros principios.
Tenemos que verlo, e insisto en ello en varios lugares de este libro: si seguimos así, reclamando el espacio público como espacio de gesticulación moral y colocamos a ETA como el referente clave que determina quién está y quién no está a favor de la paz (identificando nacionalismo vasco con filoterrorismo), estaremos cediendo el protagonismo de nuestra convivencia política a un grupo de indeseables anclados en lo que ellos llaman la lucha armada.
¿Adónde irían las declaraciones (calcadas de un atentado a otro) de los políticos (tanto nacionalistas como ?constitucionalistas?) si apartaran con el mayor de los desprecios a los violentos? Adonde tienen que ir, esto es, a discutir sobre las cuestiones que sí están en manos de la democracia y no de la eficacia policial. Y, por supuesto, a respetar el ideario y el programa de los adversarios (que llevan ya demasiado tiempo apareciendo como enemigos, no como adversarios).
Esto es algo que no improviso ahora. Sobre ello reflexiono largamente en otro de los textos recopilado aquí. Se trataría de ?Defender la paz? y no de ?prepararla? como sugirieron los obispos vascos en una polémica pastoral que coleó lo suyo en su día y que me prestó la ocasión para discutir sobre la conveniencia de conferir a ETA semejante protagonismo político (y no recluirla exclusivamente en el terreno delictivo).
Ahí, y que no cunda la inquietud, que sólo voy a referirme a él de pasada, planteo la obligación moral, ética y política que tendría que tener el nacionalismo para dejar de vincular la existencia del terrorismo etarra a la existencia de un conflicto nacional no resuelto.
Dar por hecho que el cumplimiento institucional del programa independentista del nacionalismo vasco pondría las bases realmente eficaces para la paz es tanto como convertir el chantaje terrorista en una fórmula operativa de lucha política.
A ver si, dejando de lado toda suspicacia, ese nacionalismo democrático que representan el Partido Nacionalista Vasco y Eusko Alkartasuna es capaz de dejar de remitir a la paz como un objetivo que esté en manos de la democracia...
El desafío es bien claro: defiende tu programa, pero deja de incluir de una vez por todas la perversa idea de que el cumplimiento de ese programa acabaría con el ?problema vasco?. De lo contrario, la sospecha de que aprovechas bajo manga el chantaje tendría muchas papeletas para ser cierta.
Atrévete, nacionalista demócrata, a decir que la violencia de ETA no es fruto de un conflicto político y luego juega tus bazas sin pensar que con ellas estás contribuyendo a pacificar esa Euskal Herria con la que sueñas. Sólo así podrás afirmar con honestidad que aquello por lo que luchas no estará ganado con la sangre de numerosas víctimas.
Como escribo en el libro: Pensemos que la paz ya es nuestra y que los golpes del terrorismo la hieren y zarandean pero no la eliminan. Ése es también uno de los pasos decisivos para apartar absolutamente la violencia de la escena política actual. Ya que no de la sociedad, que vive, obviamente, con la amenaza continua de alguna acción de ese grupo de impenitentes borrokas.
La propuesta, que puede parecer pura palabrería, no es tan ingenua. O eso pienso.
Más de uno podrá pensar que no cabe ignorar la realidad dramática de esa presencia del terrorismo. Y tendrá razón. Pero en el terreno político las reivindicaciones de ETA tendrían que ser totalmente ignoradas. Lo que no equivale a decir que los programas que coincidan con ellas tengan que desaparecer igualmente. El derecho de los partidos democráticos nacionalistas a defender sus políticas no puede quedar limitado por la existencia de ETA. Ya he explicado suficientemente porqué.
Lo que debe desaparecer, obviamente, es la vinculación entre las reivindicaciones políticas y el fin de la violencia. Ésta, si respetamos la democracia, tiene que venir única y exclusivamente, de la eficacia policial.
Lo otro son juegos malabares que únicamente confunden a la ciudadanía, contribuyendo a enrarecer el ambiente y, por supuesto, a minar los auténticos valores de la democracia.
El terrorismo amedrenta y asusta. Cuenta con la baza del miedo. Su arma política esencial no es, como estamos viendo en los últimos tiempos, tal o cual artilugio, una bomba, un bazoca, una pistola, goma-2, titadine, dinamita... Es su uso indiscriminado de la capacidad de provocar temor.
No es una casualidad que estas Pasiones discursivas estén dedicadas, precisamente, a quienes no provocan temor. Es una elección moral que tiene que ver con la temática que engloba la parte más cargada de reflexión política recogida en sus páginas. Ésa a la que me estoy refiriendo casi de continuo.
Esa dedicatoria, que pensé en el último momento, me permitió recoger una convicción que condiciona mi papel como analista de lo que ocurre a mi alrededor pero que, pese a ello, creo yo, no me predispone a pontificar sobre la verdad, la justicia, la moral o la legitimidad para dictar normas de convivencia. ¿Qué convicción?: la de mi rechazo frontal y sin matices al uso de la violencia.
Por eso decidí que el reconocimiento de mi mirada recayera sobre ?quienes nunca se han aliado ni se aliarán con la poderosa sombra del miedo?. Y aunque habría mucho que pensar (y en ello estoy últimamente) sobre cuál es el recurso que les quedaría a los oprimidos si tuvieran que renunciar al escaso poder de provocar algún temor en sus opresores (obviamente no hablo del abertzalismo victimista, que se siente oprimido, en efecto aunque no lo esté objetivamente), creo que no está de más aprovechar la ocasión del friso de un libro para invitar a pensar sobre el valor de no inquietar al prójimo con el poderoso recurso de nuestra capacidad innata para ser violentos.
En mi opinión, provocar miedo, ya sea desde el poder (lo que lo hace especialmente execrable y asqueroso, pensemos en todas las dictaduras), ya desde la lucha por acceder a él (lo que lo hace peligrosamente seductor, el héroe que lucha agazapado en las sombras), es la forma más ruin de relacionarse con un ser humano.
Por eso, que me perdonen los novelistas, cuentistas y cineastas que persiguen asustarnos (a mí siempre me ha gustado esa inquietante sensación de que te espera un susto, claro que en el terreno de la ficción), por eso, digo, porque desprecio absolutamente a quienes provocan temor, me parece tan imprescindible que recluyamos en el ostracismo más férreo a quienes están claramente dispuestos a obtener frutos de la amenaza terrorista.
Que no nos vengan con historias. Sus eslóganes, sus lamentos, sus llamadas a la lucha, sus manifestaciones... buscan amedrentar y, por eso mismo, ¿qué mejor manera de combatir el miedo que dejar de escucharles?
En este caso, contra los consejos genéricos del bueno de Habermas, la pauta del entendimiento la daría un desprecio sin fisuras: ?No hay nada que puedas decirme ni nada que quiera escucharte porque estás dispuesto a asustarme para conseguir tus objetivos?. ?Ahí, cuando has decidido aliarte con ?la poderosa sombra del miedo?, has perdido todo rastro de la humanidad que quiero respetar?.
Acabo, como veis, por donde empieza mi libro, estas pasiones discursivas que sospecho que no apasionarán a nadie, pero que al menos tratan de mostrar cómo interpreto este mundo que compartimos.
Quiero creer, y lo voy a dar casi por supuesto, que este libro está dedicado a todos vosotros, que seguro que nunca habéis pisado la luna ni la pisareis, y que, probablemente, digo yo, cada uno sabrá, habréis sentido el miedo como una poderosa arma levantada contra vosotros, y nunca como una dimensión de vuestra voluntad de intervenir en el mundo.
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